Así era antes (como decir que han pasado 33 años).


Aún recuerdo lo incomodo que resultaba andar en bicicleta en Tenango del Valle cuando las calles eran empedradas, básicamente era como el bio-shaker tour versión, igual hasta acababa acomodándote las hemorroides, si hacía mucho frío, las manos se te hinchaban por el forzado estimulo a la circulación sanguínea de tanto vibrar.

Era común que caminando en la zona arqueológica te encontraras pedazos de obsidiana, la entrada era absolutamente libre y el único peligro que corrías era que te cayeras por menso.

Los domingos eran típicos: salías de misa de 8 del Santuario de Guadalupe y pasabas a la casa que esta enfrente ahi siempre estaban “Los cocoles de Don Daniel”, calientitos, ideales para una torta de aguacate con un vaso de leche (o bien té de cedrón), después la plaza… la interminable plaza.

Después almuerzo en San Pedrito o en el jardín del centro de Tenango, no había ningún problema en que te tendieras a hacerte un taco placero donde fuera.

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Y dando 2 pasos atrás, entrado a la matinée de los fines de semana en el teatro municipal.

Como ya en algún momento lo comenté, los eventos cívicos eran épicos: Las bandas de guerra de la escuela Yermo y Parres y León Guzmán eran las encargadas de hacer los respectivos toques (nada de grabaciones) para honores a la bandera, salían tocando desde la puerta de la escuela hasta la llegada a la plaza cívica. Todos en orden, marchando igual a paso corto, tomando distancia y marcando el paso, eso anunciaba el evento, las bandas eran aguerridas a la hora de demostrar sus habilidades, era
una oportunidad única de hacer valer las interminables horas de ensayo después de clase.

Las kermesse (kermés) eran muy divertidas, de igual manera la escuela organizadora asumía el compromiso de divertir a la gente, estas siempre terminaban con guerras de cascarones de harina y casándose de a “mentis” en el registro de civil.

Y ni que decir de los desfiles del 20 de Noviembre, en los que además de desfilar en el típico recorrido, teníamos que ir a la unidad deportiva a hacer una demostración, con evoluciones distintas y grado de complejidad de mil millones. Yo fuí en la primaria a la Yermo, no saben que odisea era con las hermanas religiosas darles gusto.

¡Ah!, y también fuí de la primera generación de la ESTIC No. 95 en sacar la banda musical para un 20 de Noviembre Con el profesor Octavio Mata.

Si quemabas “cuetitos” en septiembre o diciembre, a nadie le incomodaba, no era delito ni vender ni comprar.

Había “maquinitas” en todos lados, pero era comun las “Toys”, fué centro de reunión para muchos, ahí me toco mi primer KOF 94.

Para rápido, aún recuerdo las hermosas preparatorianas que llegaban de Toluca a “Las glorias de Manolo”.

Ir a juntar capulines y tejocotes, allá por la Cruz de San Lorenzo o a la orilla del río Santiaguito…

Pero todo eso, ya fué.

Tenango del Valle: ayer villa, hoy ciudad… por siempre heróica.


Tenango: ayer villa, hoy ciudad, siempre heroica.
Texto original:
Federico García García
Cronista Municipal de Tenango del Valle, México

El tema de las luchas armadas en la construcción de nuestra nación es tan recurrente en la historia de nuestras localidades que se han convertido en profundos análisis históricos. La participación de los profesionales de la historia nos develó un México bronco desde las tierras más insignificantes a lo largo del territorio nacional. Sin embargo el quehacer profesional de nuestros pares se fundamenta en la compilación, registro, y si se quiere, anecdotario de los acontecimientos locales. No basta el archivo: parroquial, municipal, estatal o nacional. Éstos, fuentes obligadas para todos los que nos gusta retraer los aconteceres del ayer, son base, quizás esencia. Pero, quizás, estén de acuerdo conmigo, que el trabajo de nosotros los cronistas se ha convertido en la sal del mundo de Clío, damos sabor o le quitamos el sazón, porque lo que no conoce el investigador profesional es lo que nosotros vivimos, de lo que damos fe, porque fuimos testigos.

Así el trabajo desde la crónica tiene su papel a partir de dejar constancia de lo acontecido en el tiempo del que hace el registro. Si no es así, preguntémonos por qué ningún historiador serio niega la importancia de los cronistas coloniales.

En este sentido, encontrarnos en una reunión que busca dar a conocer lo que cada uno de nosotros hacemos desde nuestros terruños, nos permite expresar que lo más local, al mismo tiempo lo más lejano, se convierte en parte fundamental de la historia nacional. Nosotros somos el engrane de la historia, si se quiere ínfimo, de las células básicas que conforman nuestro país, los municipios.

Somos fedatarios de la búsqueda, objetivo, de la historia social, la cual pretende trascender aquellas historias magnas, nacionales, homogeneizantes, las que de una mirada pretenden decir qué es México. Son las historias que desconocen que nuestra nación está constituida por muchos Méxicos, muchos sentires, que se han edificado desde perspectivas culturales étnicas y lingüísticas variadas, por lo tanto diversas, en consecuencia, enriquecidas por su múltiple origen.

Es gracias al ideario de la Modernidad, la que nos propuso el Estado-nación como forma de organización, que se luchó por un país libre, soberano, autónomo, constituido en república a partir de la democracia, donde todos fuésemos iguales, libres y fraternos.

Estos ideales, fruto de la Ilustración, siguen vigentes –débiles pero vigentes, son los que entusiasmaron a la población instruida de la Nueva España, para imaginar su tierra independiente de la metrópoli española, no necesariamente como una república, democrática, sino como una monarquía.

Los procesos desde la Revolución Francesa, lo intrincado en su relación con España, y la ambición napoleónica, repercutieron en los movimientos que se suscitaron desde que España se queda sin rey: el congreso de Cádiz, la constitución de la de la Regencia, la elección de diputados en las colonias del imperio como sus representantes, en fin, todo para no quedarse acéfalos, sin rey, es el desencadenamiento de movimientos políticos y armados, primero autónomos, después independentistas, los que causan las luchas en el entonces territorio de la Nueva España.

Aquí es donde se surgen los aconteceres de los cuales damos cuenta con orgullo nacionalista, enraizados en los ideales del Estado-nación: la defensa de un gobierno, en un territorio por medio de su población. Son hechos de armas, sin variación alguna, que fueron protagonizados por las capas sociales que habían estado olvidadas en las grandes historias nacionales, la gente de los terruños a decir de González.

La participación de los indios, como soldados, fue fundamental, sin temor a equivocarme, en todos los enfrentamientos entre insurgentes y realistas. Ellos, actores anónimos, dieron su sangre para fundar nuestro país. Considero que si la tinta deja constancia de nuestros escritos, la sangre indígena, en las luchas armadas fue el líquido que amalgamó las entidades federativas de nuestra república.

Con estos antecedentes quiero dar cuenta de la crónica que rememora por qué Tenango cuenta con el título de Heroica:

Es tiempo de reflexión y rememoración: conocer el pasado para actuar en congruencia con nuestro presente. Cimentando nuestro porvenir en unión con nuestro devenir. Somos fruto de las acciones de nuestros antecesores, somos conscientes de nuestro hacer que transforma nuestro presente.

Con la lucha armada que inició el cura Miguel Hidalgo, los intereses novohispanos se vieron trastocados, la situación social cambió, las campanas de la independencia hacían sonar sus notas de libertad e igualdad entre los hombres nacidos en la América Septentrional y la metrópoli.

Los españoles temerosos de perder sus riquezas provenientes de la Nueva España, ahora México, se aprestaron a defenderlas y lucharon contra los insurgentes. Mas la mecha estaba prendida y el fuego incendiario que hace arder el espíritu en aras de la libertad se propagó. En muchos lugares del actual territorio nacional hubo hechos de armas.

En Tenango del Valle, pueblo fundado en el siglo XVI, de raigambre criolla e intereses que cuidar en la guerra de Independencia, por su filiación social y económica defendió la causa del rey. Sin embargo, el sentir popular estaba influido por la desaparición de las formas de dominación española: el tributo, el pago de días de trabajo en otros lugares del de origen sin recibir ningún pago, la preferencia en todo de los blancos sobre los indígenas. En fin, condiciones de vida en poco aceptables que fueron pasto seco para arder con la lucha que había iniciado Hidalgo y continuaba Morelos.

Cuando el espíritu libertario se propagó por el territorio de la Nueva España, del norte y del sur, del centro y del oriente, surgieron movimientos emancipadores de la metrópoli española.

En el sur del valle de Toluca, en donde nace la cordillera de montes, frontera natural que los separa con el actual estado de Guerrero y Morelos, se encuentra el cerro del Tetépetl, asiento de valerosos matlatzincas, el cual en diversos momentos estuvo ocupado por insurgentes, fue el escenario en que se desarrolló la lucha que enorgulleció la valentía de muchos indígenas, criollos y mestizos que deseaban estar separados de los españoles peninsulares.

La presencia de rebeldes a la monarquía en nuestro territorio obedecía a la táctica de guerra empleada por ejércitos irregulares, las más de las veces integrados por entusiastas inconformes, pero convencidos de llegar a nuevos horizontes, al mando del comandante José María Oviedo, iniciaron la toma del Tetépetl y lo convirtieron en fortaleza.

La intención fue hacerse de la plaza de Tenango, tenerla bajo dominio insurgente y avanzar a la ciudad de Toluca para tomarla también. La condición agreste del cerro en que se encuentran las pirámides fue la trinchera natural de defensa y el campamento ideal de los insurgentes.

Una y otra vez el ejército del rey, al mando de Rosendo Porlier, intentó vencer a los insurgentes. Valentía y arrojo fue la mejor arma de los Tenanguenses contra un ejército de profesión. Vencidos los realistas se replegaron hacia Toluca. Oviedo y sus tropas insurgentes, ejército de indios y sin entrenamiento, decidieron que era el momento de tomar la plaza de Toluca.

Su osadía tuvo lugar entre el 17 y 18 de octubre de 1811. La batalla se iba ganando a favor de los insurgentes, desde el cerro del Calvario casi se toma la plaza. Pero la presencia de refuerzos del ejército realista echó abajo los avances insurgentes. En pocas horas de batalla quedaron hechos prisioneros los combatientes del pueblo de Tenango y alrededores.

El 19 de octubre, según narró el profesor Alfonso Sánchez García, cronista de la ciudad de Toluca, Porlier, el soldado derrotado en el cerro del Tetépetl, ordenó que fueran fusilados los prisioneros en la plaza pública a un lado del convento, donde actualmente se encuentra la catedral de Toluca. Así, de cinco en cinco los prisioneros fueron tiñendo de sangre la tierra en que caían.

Pese a las solicitudes de autoridades y religiosas Toluqueñas, para que no se realizara tan cruenta carnicería, Porlier se ensañó más y ordenó que un prisionero fuera testigo de los fusilamientos y se le dejara ir, para que contara a los de su pueblo qué les sucedería a quien se levantara en armas.

Este acontecimiento trágico y cruel para la sociedad Toluqueña hizo que en breve a la plaza en que fueron “asesinados” los insurgentes Tenanguenses se le conociera como “Plaza de los Mártires”, actualmente conocida como zócalo de la ciudad de Toluca.

El profesor Javier Romero Quiroz, señaló que no sólo se debería llamar “Plaza de los Mártires” sino “Plaza de los Mártires de Tenango” en justo reconocimiento a los que murieron en aquella lucha libertaria.

Para quienes integraron la cámara de diputados del Estado de México en 1868, ante el triunfo del liberalismo con Benito Juárez al frente y la derrota de los conservadores con el fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo, engrandecer los acontecimientos de 1811 fue un motivo de fortalecimiento de los ideales que hoy tanto se extrañan en la política nacional: la libertad, la igualdad y la fraternidad, en un estado nacional laico y democrático.

Ellos, los diputados liberales mexiquenses votaron por unanimidad el siguiente decretó:

Se concede a la Villa de Tenango del Valle, el título de “heroica”, por los eminentes servicios que ha prestado a la causa de la libertad e independencia.

Dado en la ciudad de Toluca a 19 de octubre de 1868.

Ahora como antaño permanecemos unidos bajo principios e ideales libertarios, a valores compartidos, a la búsqueda de un futuro promisorio, y sobre todo, a la práctica de un ejercicio ético.

Conocedores de nuestra historia y comprometidos con nuestra sociedad rememoramos lo que somos y reconstruimos nuestra identidad: orgullosamente Tenanguenses.

Vía Crónica de Tenango del Valle