Comida de los Campamentos


Texto original Federico García García
La Cronica de Tenango del Valle

Tenango de Arista,
Tenango del Valle, Méx.,
17 de septiembre de 2011.

Un fin de semana normal, aparentemente. El sol a mediodía fue candente en los pocos ratos que se dejó ver: nubes ralas y bruma en el horizonte lo disminuían. El sabor a patria se prolongaba entre los transeúntes distraídos y los menos de cien absortos en las carreras infantiles, ambientados con los monótonos sonidos de trompetas tricolores –pocas, muy pocas–, y muchas porras desgañitadas: ¡ya llegaste!, ¡tú puedes!, ¡ganaste!, ¡ganaste! Los gritadores se arremolinaban y cerraban el paso a los pequeños atletas en una valla que disminuía hasta convertirse en estrecho camino para llegar a la meta. Los portales del mercado testigos de los veloces y minúsculos pasos de chiquitines que corrieron menos de cuatrocientos metros a lo largo de la calle Hidalgo (de Abel C. Salazar hasta llegar a Constitución) eran sombra y refugio de trabajadores del ayuntamiento, mirones y de puestos de antojitos mexicanos.

Después de las carreras infantiles el personal del ayuntamiento se reunió frente a la presidencia municipal, encabezados por la autoridad municipal y acompañados por la banda de guerra de la Escuela Primaria Benito Juárez, para iniciar la caminata. Poco antes de unirse al contingente la banda de viento amenizó la mañana con temas populares desde el kiosco, su sonoridad inundaba el jardín y hacía recordar tiempos idos cuando los fines de semana se escuchaba, invariablemente, un ambiente festivo.

Al redoble de tambores se inició la marcha por la calle Hidalgo, hacia el poniente, rumbo a la Zona Arqueológica de Teotenango. La bandera mexicana ondeaba con aspiraciones de aires de libertad, erguida y orgullosa. ¡Así me gusta ver al símbolo patrio que resume historia y presume esperanzas de grandeza, pero era solo eso: aspiraciones y esperanzas! No obstante, al toque de tambores y la suma de tradición, sobre la calle Progreso, los vecinos divisaban desde la calle lejana, desde sus puertas y ventanas el paso de los servidores públicos que a nombre de la patria y de la tradición republicana flanqueaban y resguardaban el bello símbolo tricolor.

A esas horas, la una de la tarde, en realidad mediodía, el sol entusiasta brilló más y dejó caer a plomo sus rayos. ¡Con el peso de los rayos solares y el obligado andar quién sabe qué tanto se viva y disfrute el espíritu republicano! Lo cierto es que el contingente avanzó sobre la calle de Román Piña Chan hasta la entrada del Museo; posteriormente, emprendió la subida a las pirámides a paso lento y, en muchos casos, reforzado. Fue necesario un descanso casi a mitad del trayecto. Un último esfuerzo y llegaron a la explanada donde se ubica el obelisco conmemorativo a Rayón.

En esa plaza se encuentra el monolito del jaguar, fiel testigo de la majestuosidad de la fortaleza que representa este espacio arqueológico; casi a un costado del obelisco se improvisó el proscenio que daba cuenta, en letras blancas y fondo rojo, del CXCIX aniversario de la batalla de Ignacio López Rayón. Lo ilustraba una escena, de 4 por 3 metros cuadrados, de alguna batalla del siglo XIX. Al frente, sillas que fueron ocupadas por los integrantes del cabildo. Apenas respiraron las autoridades municipales y en tanto la gente seguía llegando dio inicio la ceremonia cívica. Después de rendir los honores a los símbolos patrios el orador dio cuenta de su discurso histórico donde rememoró los hechos políticos e ideológicos que dieron pauta al inicio de la gesta libertaria, no dejando de loar a los hombres y mujeres que con sus acciones y su vida emprendieron la aventura de forjar una nación. Con vehemencia exhortó a mirar esos hombres para replantear el presente, con ímpetu incitó a honrarlos y no permitir que se siga desarticulando lo poco que queda de país, con urgencia debemos detener a los que destruyen a nuestra nación, dijo.

Debemos recordar que Ignacio López Rayón luchó para dar libertad, igualdad e independencia a México; que durante el año de 1812, se hizo fuerte en las partes altas del cerro del Tetépetl, que por su accidentada geografía sirvió de defensa natural contra los soldados monárquicos. Aquí, en las pirámides, fue un  ampamento de soldados valientes y decididos a no continuar con un régimen monárquico, con un rey al que no conocían, pagando tributos e impuestos que en poco les beneficiaba.  Ignacio López Rayón, originario de Tlalpujahua, ahora Michoacán, se incorporó a la lucha libertaria de Hidalgo, quien lo nombró su Secretario, acción que demuestra la capacidad intelectual de Rayón.

La primer lucha que se libró en estos lugares tenanguenses, entre insurgentes y realistas, data del 22 de septiembre de 1811. La segunda batalla fue del 10 al 19 de octubre de 1811. El triunfó que alcanzó José María Oviedo y sus tropas, y la muerte de los que ofrendaron su vida por la libertad, constituye parte de la serie de los hechos que el Congreso del Estado tomó en consideración para conceder a la Villa de Tenango, el título de Heroica.

El tercer hecho de armas que tuvo lugar en el Tetépetl ocurrió el 28 y 29 de diciembre de 1811, cuando los insurgentes huyeron en desbandada por las acciones de los realistas. Y es en abril de 1812, cuando Ignacio López Rayón, después de haber dejado Sultepec combate durante mayo y junio las tropas realistas al mando del comandante Porlier. La capacidad estratégica de Rayón, habilidad nata y fortalecida en el ideal de una nación americana libre, le permitió sitiar y casi tomar la ciudad de Toluca. Su presencia en el valle de Toluca fue estratégica para que Porlier no llevara sus tropas a Cuautla y, junto a Calleja, lograran derrotar al sitiado general José María Morelos y Pavón. Sin embargo, tuvo que replegarse a Tenango y fortificarse en el cerro del Tetépetl.

Desde el inicio del movimiento armado y para 1812, el ánimo libertario se había expandido a los jóvenes ilustrados quienes se unieron a los insurgentes con vehemente convicción de un cambio a favor de la Nueva España. A la llegada de Rayón a Tenango estaban en las filas insurgentes jóvenes abogados que habían venido de México para luchar a favor de la independencia. Fue en los primeros días de junio de 1812 cuando Rayón y sus tropas, acompañados de nuevos insurgentes hicieron del Tetépetl sus trincheras para repeler al Ejército realista.

Nuestros abuelos y sus padres, para conmemorar tales acontecimientos se congregaron con sus familias a comer en “los campamentos”, todos los 17 de septiembre –tenemos noticias orales que desde inicios del siglo XX ya era toda una tradición; autoridades municipales y trabajadores del ayuntamiento, quienes se unieron a los festejos conmemorativos reciben animosamente a todos los asistentes.

Para esos momentos en que se desarrolló la ceremonia cívica, en el centro de Tenango, frente a la Presidencia Municipal, arrancaba la carrera atlética de 10 kilómetros, en las ramas femenil y varonil; ésta en dos categorías: libre y master. Corrieron por las calles de la cabecera municipal hasta ajustar nueve de diez kilómetros y cerrar el último con la subida al cerro del Tetépetl. La participación no fue copiosa y los atletas tenanguenses tampoco fueron muchos. Ya parece tradición que sean los kenianos, hombres y mujeres, quienes se lleven los primero lugares; y esa participación, parece, es la que desalienta a los atletas locales. Sin embargo, es alentador saber que esta carrera tiene ya presencia regional y aquí se dan cita corredores de municipios vecinos del valle de Toluca.

En tanto la carrera atlética se desarrollaba los trabajadores del ayuntamiento se encarrilaban para ofrecer los alimentos que año con año la autoridad municipal ofrece a los vecinos y visitantes tenanguenses.

Es pertinente recordar que durante varias décadas las autoridades auxiliares, los delegados de cada pueblo, se encargaron de compartir con todos los visitantes y vecinos los productos que cosechan en sus tierras. Ahora es el gobierno municipal quien cada año ofrece la comida a los tenanguenses.

Los paladares ansiosos se deleitan con deliciosas carnitas de cerdo. Su aroma hipnotiza y hace permanecer por largas filas a quienes desean probarlas. Bajo una enorme lona de alrededor de cien metros el ejército de trabajadores del ayuntamiento está parapetado a lo largo de cincuenta metros de mesa donde se sirven los alimentos. La experiencia de los años pasados han llevado a sistematizar el procedimiento de brindar la comida. Los comensales inician su recorrido de cien metros recibiendo plato y cuchara; a partir de ahí sus manos van extendidas sosteniendo fuerte y gustosamente sus platos. La maquinaria está aceitada y todos los trabajadores empiezan a moverse para servir los alimentos.

El primer cucharazo que recibe el comensal es de arroz, avanza y le agregan salsa, es verde o roja según haya; le piden que no se detenga porque adelante hay más, enseguida le colocan habas hervidas, tiernas y frescas, otra cucharada y aparecen los deliciosos esquites de cacahuazintle: su aroma de cebolla frita con picante hace salivar. Exquisita guarnición producto de estas tierras. Nuevamente las voces alegres, enérgicas y orientadoras piden que avancen porque adelante viene el plato fuerte: las carnitas de cerdo. En esta ocasión se convidaron alrededor de diez puercos, todos en carnitas, todas para todos. Eran seis los despachadores, parecía concierto de percusiones y su acompañamiento coral: avancen, avancen, adelante les ofrecen tortillas. El platillo fue una loa a la fertilidad de esta tierra y a la generosidad de su gente. Para finalizar la carrera de los cien metros de manos ocupadas, boca salivante y ánimo exaltado por tanta comida, los comensales eran premiados con un vaso de refresco.

Durante casi dos horas los trabajadores del ayuntamiento estuvieron en acción atendiendo a alrededor de dos mil comensales (el cálculo es mesurado tanto como generoso: si un puerco en carnitas es para doscientas personas –que siempre hay para más– y fueron diez los que se prepararon imagina estimado lector el tamaño de la comilona) y no se detuvieron hasta que uno a uno los platillos fueron agotándose. Y para que la fiesta patria de la “comida de los campamentos” fuese animada siempre estuvo acompañada por la banda de viento, así como un digestivo fuerte, patrio y confortante: el tequila, bebida compartida por los integrantes del cabildo.

Arriba, en los otros complejos de la Zona Arqueológica, los vecinos tenanguenses desde hora temprana habían instalado manteados y casas de campaña. Las familias enteras con sus adultos, jóvenes y niños estaban al vaivén de las pelotas, el ajetreo del encendido de los anafres, el correr para no ser atrapados, juego básico pero divertido. El color de la fiesta patria se acentuaba con el verdor del pasto. La tarde espléndida coronada con un sol cordial suavizó las nubes, ¡hasta desaparecieron! y todo fue calor de festejo.

Tenango del Valle: ayer villa, hoy ciudad… por siempre heróica.


Tenango: ayer villa, hoy ciudad, siempre heroica.
Texto original:
Federico García García
Cronista Municipal de Tenango del Valle, México

El tema de las luchas armadas en la construcción de nuestra nación es tan recurrente en la historia de nuestras localidades que se han convertido en profundos análisis históricos. La participación de los profesionales de la historia nos develó un México bronco desde las tierras más insignificantes a lo largo del territorio nacional. Sin embargo el quehacer profesional de nuestros pares se fundamenta en la compilación, registro, y si se quiere, anecdotario de los acontecimientos locales. No basta el archivo: parroquial, municipal, estatal o nacional. Éstos, fuentes obligadas para todos los que nos gusta retraer los aconteceres del ayer, son base, quizás esencia. Pero, quizás, estén de acuerdo conmigo, que el trabajo de nosotros los cronistas se ha convertido en la sal del mundo de Clío, damos sabor o le quitamos el sazón, porque lo que no conoce el investigador profesional es lo que nosotros vivimos, de lo que damos fe, porque fuimos testigos.

Así el trabajo desde la crónica tiene su papel a partir de dejar constancia de lo acontecido en el tiempo del que hace el registro. Si no es así, preguntémonos por qué ningún historiador serio niega la importancia de los cronistas coloniales.

En este sentido, encontrarnos en una reunión que busca dar a conocer lo que cada uno de nosotros hacemos desde nuestros terruños, nos permite expresar que lo más local, al mismo tiempo lo más lejano, se convierte en parte fundamental de la historia nacional. Nosotros somos el engrane de la historia, si se quiere ínfimo, de las células básicas que conforman nuestro país, los municipios.

Somos fedatarios de la búsqueda, objetivo, de la historia social, la cual pretende trascender aquellas historias magnas, nacionales, homogeneizantes, las que de una mirada pretenden decir qué es México. Son las historias que desconocen que nuestra nación está constituida por muchos Méxicos, muchos sentires, que se han edificado desde perspectivas culturales étnicas y lingüísticas variadas, por lo tanto diversas, en consecuencia, enriquecidas por su múltiple origen.

Es gracias al ideario de la Modernidad, la que nos propuso el Estado-nación como forma de organización, que se luchó por un país libre, soberano, autónomo, constituido en república a partir de la democracia, donde todos fuésemos iguales, libres y fraternos.

Estos ideales, fruto de la Ilustración, siguen vigentes –débiles pero vigentes, son los que entusiasmaron a la población instruida de la Nueva España, para imaginar su tierra independiente de la metrópoli española, no necesariamente como una república, democrática, sino como una monarquía.

Los procesos desde la Revolución Francesa, lo intrincado en su relación con España, y la ambición napoleónica, repercutieron en los movimientos que se suscitaron desde que España se queda sin rey: el congreso de Cádiz, la constitución de la de la Regencia, la elección de diputados en las colonias del imperio como sus representantes, en fin, todo para no quedarse acéfalos, sin rey, es el desencadenamiento de movimientos políticos y armados, primero autónomos, después independentistas, los que causan las luchas en el entonces territorio de la Nueva España.

Aquí es donde se surgen los aconteceres de los cuales damos cuenta con orgullo nacionalista, enraizados en los ideales del Estado-nación: la defensa de un gobierno, en un territorio por medio de su población. Son hechos de armas, sin variación alguna, que fueron protagonizados por las capas sociales que habían estado olvidadas en las grandes historias nacionales, la gente de los terruños a decir de González.

La participación de los indios, como soldados, fue fundamental, sin temor a equivocarme, en todos los enfrentamientos entre insurgentes y realistas. Ellos, actores anónimos, dieron su sangre para fundar nuestro país. Considero que si la tinta deja constancia de nuestros escritos, la sangre indígena, en las luchas armadas fue el líquido que amalgamó las entidades federativas de nuestra república.

Con estos antecedentes quiero dar cuenta de la crónica que rememora por qué Tenango cuenta con el título de Heroica:

Es tiempo de reflexión y rememoración: conocer el pasado para actuar en congruencia con nuestro presente. Cimentando nuestro porvenir en unión con nuestro devenir. Somos fruto de las acciones de nuestros antecesores, somos conscientes de nuestro hacer que transforma nuestro presente.

Con la lucha armada que inició el cura Miguel Hidalgo, los intereses novohispanos se vieron trastocados, la situación social cambió, las campanas de la independencia hacían sonar sus notas de libertad e igualdad entre los hombres nacidos en la América Septentrional y la metrópoli.

Los españoles temerosos de perder sus riquezas provenientes de la Nueva España, ahora México, se aprestaron a defenderlas y lucharon contra los insurgentes. Mas la mecha estaba prendida y el fuego incendiario que hace arder el espíritu en aras de la libertad se propagó. En muchos lugares del actual territorio nacional hubo hechos de armas.

En Tenango del Valle, pueblo fundado en el siglo XVI, de raigambre criolla e intereses que cuidar en la guerra de Independencia, por su filiación social y económica defendió la causa del rey. Sin embargo, el sentir popular estaba influido por la desaparición de las formas de dominación española: el tributo, el pago de días de trabajo en otros lugares del de origen sin recibir ningún pago, la preferencia en todo de los blancos sobre los indígenas. En fin, condiciones de vida en poco aceptables que fueron pasto seco para arder con la lucha que había iniciado Hidalgo y continuaba Morelos.

Cuando el espíritu libertario se propagó por el territorio de la Nueva España, del norte y del sur, del centro y del oriente, surgieron movimientos emancipadores de la metrópoli española.

En el sur del valle de Toluca, en donde nace la cordillera de montes, frontera natural que los separa con el actual estado de Guerrero y Morelos, se encuentra el cerro del Tetépetl, asiento de valerosos matlatzincas, el cual en diversos momentos estuvo ocupado por insurgentes, fue el escenario en que se desarrolló la lucha que enorgulleció la valentía de muchos indígenas, criollos y mestizos que deseaban estar separados de los españoles peninsulares.

La presencia de rebeldes a la monarquía en nuestro territorio obedecía a la táctica de guerra empleada por ejércitos irregulares, las más de las veces integrados por entusiastas inconformes, pero convencidos de llegar a nuevos horizontes, al mando del comandante José María Oviedo, iniciaron la toma del Tetépetl y lo convirtieron en fortaleza.

La intención fue hacerse de la plaza de Tenango, tenerla bajo dominio insurgente y avanzar a la ciudad de Toluca para tomarla también. La condición agreste del cerro en que se encuentran las pirámides fue la trinchera natural de defensa y el campamento ideal de los insurgentes.

Una y otra vez el ejército del rey, al mando de Rosendo Porlier, intentó vencer a los insurgentes. Valentía y arrojo fue la mejor arma de los Tenanguenses contra un ejército de profesión. Vencidos los realistas se replegaron hacia Toluca. Oviedo y sus tropas insurgentes, ejército de indios y sin entrenamiento, decidieron que era el momento de tomar la plaza de Toluca.

Su osadía tuvo lugar entre el 17 y 18 de octubre de 1811. La batalla se iba ganando a favor de los insurgentes, desde el cerro del Calvario casi se toma la plaza. Pero la presencia de refuerzos del ejército realista echó abajo los avances insurgentes. En pocas horas de batalla quedaron hechos prisioneros los combatientes del pueblo de Tenango y alrededores.

El 19 de octubre, según narró el profesor Alfonso Sánchez García, cronista de la ciudad de Toluca, Porlier, el soldado derrotado en el cerro del Tetépetl, ordenó que fueran fusilados los prisioneros en la plaza pública a un lado del convento, donde actualmente se encuentra la catedral de Toluca. Así, de cinco en cinco los prisioneros fueron tiñendo de sangre la tierra en que caían.

Pese a las solicitudes de autoridades y religiosas Toluqueñas, para que no se realizara tan cruenta carnicería, Porlier se ensañó más y ordenó que un prisionero fuera testigo de los fusilamientos y se le dejara ir, para que contara a los de su pueblo qué les sucedería a quien se levantara en armas.

Este acontecimiento trágico y cruel para la sociedad Toluqueña hizo que en breve a la plaza en que fueron “asesinados” los insurgentes Tenanguenses se le conociera como “Plaza de los Mártires”, actualmente conocida como zócalo de la ciudad de Toluca.

El profesor Javier Romero Quiroz, señaló que no sólo se debería llamar “Plaza de los Mártires” sino “Plaza de los Mártires de Tenango” en justo reconocimiento a los que murieron en aquella lucha libertaria.

Para quienes integraron la cámara de diputados del Estado de México en 1868, ante el triunfo del liberalismo con Benito Juárez al frente y la derrota de los conservadores con el fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo, engrandecer los acontecimientos de 1811 fue un motivo de fortalecimiento de los ideales que hoy tanto se extrañan en la política nacional: la libertad, la igualdad y la fraternidad, en un estado nacional laico y democrático.

Ellos, los diputados liberales mexiquenses votaron por unanimidad el siguiente decretó:

Se concede a la Villa de Tenango del Valle, el título de “heroica”, por los eminentes servicios que ha prestado a la causa de la libertad e independencia.

Dado en la ciudad de Toluca a 19 de octubre de 1868.

Ahora como antaño permanecemos unidos bajo principios e ideales libertarios, a valores compartidos, a la búsqueda de un futuro promisorio, y sobre todo, a la práctica de un ejercicio ético.

Conocedores de nuestra historia y comprometidos con nuestra sociedad rememoramos lo que somos y reconstruimos nuestra identidad: orgullosamente Tenanguenses.

Vía Crónica de Tenango del Valle