¿Muerto? Ni en Sueños

Aún recuerdo, la noche aquella en la que desperté desconcertado, con la vaga sensación de haber dormido durante un largo rato, posiblemente fueron días o posiblemente más, la espalda me dolía y al mismo tiempo no tenía fuerzas en ninguno de mis músculos, ya se los dije, como si hubiera relajado mi humanidad durante un tiempo considerable, y mira que yo nunca me quejo; mucho menos de descansar, así que repentinamente abrí los ojos, intentando pues, con esto agarrar un poco de impulso, despertar, des encamorrarme, pero una espesa bruma de oscuridad me segó por completo impidiéndome observar nada en absoluto, no podía ver siquiera mis propios pensamientos, y el silencio, ese silencio era sepulcral, agudo y frió como ningún otro.

Aun así no sentí miedo alguno, ni me aprecie alterado o nervioso, por el contrario desperté en plena tranquilidad, poco a poco comencé a menear lentamente mi cuerpo, intentando levantarme de aquel profundo sueño, me concebí  tan ligero como nunca antes, sin pensarlo más, bruscamente me puse de pie esperando encontrar un poco de luz que me descubriera donde es que estaba, pero cuál fue mi sorpresa que al erguirme de ese lecho me desenterraba  completamente solo tan solo como nunca antes me había enfrentado, recostado en tierra negra, cubierto por el tierno e insipiente  rayo de luna que se reflejaba en todo el cielo por las candentes  estrellas.

Detenidamente mire a mi alrededor esperando encontrar algo entre aquella tenebrosa penumbra, a lo lejos, distinguí la silueta bien marcada de formidables y ancestrales árboles, algunos pinos, algunos llorones con las ramas caídas simulando enormes y monstruosas garras, seguí mirando hasta llegar al suelo, de ponto me exalte, al mirar todas las tumbas que se extendían entre aquellos quimeras, en ellas había una cruz y en algunas cuantas una cuadrada placa de mármol, anunciando con esto a quien pertenecían y la fecha en que habían muerto, al contemplar todo esto, mi primera reacción fue correr, y corrí lo más rápido que pude, sin rumbo fijo, solo corrí y corrí hasta alejarme lo suficiente de aquel lugar, sin hacer ningún tipo de ruido, sin buscar respuestas, sin siquiera mirar atrás, solamente corrí buscando luz, buscando algo, no sé qué, que pudiera calmarme, al sentirme lejano, poco a poco alenté mi paso tratando con esto de mitigar los ímpetus, pensando  en dar explicación a lo que me sucedía, “seguramente esto es una pesadilla y en cualquier momento despertare”, ¿o tal vez una fuerte resaca por todo lo que me había bebido festejando a los difuntos en su día?, y por bromas entre amigos me habían dejado dormido en el campo santo, si eso fue lo que paso una broma y nada más, “me dije en voz alta tratando de apaciguar  con esto toda mi angustia”, en cuanto me encuentre en  casa con mi familia y amigos todos nos reiremos por la malpasada que me di, “dije nuevamente tratando de esbozar una sonrisa para calmar los nervios”.

Seguí con paso firme y semi lento, y casi instintivamente, busque el camino hacia mi hogar, camino por el que tantas noches frías como esta había andado, lentamente, entre la penumbra, distinguí esa singular finca de adobe, detallada en blanco, árboles de bambú y buganvilias adornaban la entrada de ese lugar  donde tantos buenos y malos recuerdos de mi vida estaban guardados, silenciosamente me acerque a la puerta con la sensación de estar entrando en un lugar ajeno, un afanoso escalofrió recorrió hasta lo más profundo de mis entrañas con ese, lento rechinar de aquella fuerte y labrada puerta de madera.

Al entrar todos mis sentidos se agudizaron inmediatamente, lo primero que percibí debió haber sido un delicioso aroma a flor que me invitaba a entrar, a continuar caminando, lentamente buscando el rastro de fragancia, el adobe de las paredes hacía sentir la casa helada en aquellas fechas, pero ahora por el contrario entre más tiempo estaba, mas calida se volvia, algo dentro de mi evito que prendiera las luces así que decidí seguir en la penumbra dejándome llevar por los sentidos, por esa embrujante esencia a flores, unas velas alumbraban la mesa que estaba repleta de colores vivos, entre naranja y amarillo, acerque mi cara y algo más atrajo mi atención, delicioso pan de mantequilla cubierto por fina azúcar, una gran canasta repleta de fruta fresca y de la temporada, en enormes platos las comidas que eran mis preferidas, el mole rojo mezcla de la tía sabinita, tamales salados y barbacoa de borrego criado en las praderas de mi querida tierra y cocido a horno de piedra y leña, un vaso grande con agua simple, cigarros y botellas de Mezcal, cuál fue mi sorpresa al mirar que en el altar de todo este festín le habían colocado una foto mía, de repente, me paralice, no quise pensar en nada no quise sentir nada o mejor dicho no pude pensar ni sentir, como si de momento el alma me hubiera abandonado, dejando así un frio cuerpo vacío.

Tenía mucha sed, y casi por instinto bebí el vaso completo hasta la última gota de agua, pero aun así no pude saciar mi sed, tenía tanta hambre, así que comí, como si no lo hubiera hecho en días, tal vez semanas o tal vez más, pero ni con el más grande de los banquetes pude saciar mi hambre, así que prendí uno de esos cigarros que fueron de mis más grandes placeres, el humo sabor a tabaco recorría mi boca y entraba por los pulmones sin dejar, rastro alguno de su esencia, de su olor, de su espesa bocanada. Tome una botella de Mezcal y decidí embriagarme, como nunca antes, embriagarme para olvidar así este tan terrible sueño, embragarme hasta caer dormido e inconsciente, embriagarme y perderme entre el fuerte licor, pero ni el más puro de los destilados pudo saciar mi sed de embriagues por el contrario cada trago  se volvia mas insípido, menos licoroso.

 

No pude pensar y no pude sentir, así que por reflejo, asaltado hasta las entrañas por el más puro miedo, escape de aquel lugar al que en algún tiempo llame hogar, si ahí del único lugar que podía hacerme sentir en paz, corrí sin saber que buscar, corrí sin saber a dónde dirigirme, solo mis pasos que me guiaron por las calles principales de ese Amurallado lugar, tan vacías, como nunca antes había visto, como si estuvieran de luto, o como si estuvieran muertas, aun así camine por ellas toda la noche sin parar, como las animas en pena, como si por instinto tuviera que cumplir con mi purgatorio, camine y camine sin pensar y sin sentir nada más que ese escalofriante miedo por todo mi ser…….

Desperté al nuevo día, justo cuando un fuerte rayo de luz acariciaba tibiamente mi rostro, renuente a abrir los ojos por el presente temor de una larga y tenebrosa noche, apreté con vigor la quijada, pues ahora era yo el que deseaba no pensar, no sentir y de repente, mi silencio se vio corrompido por fuertes notas musicales que afinaban la trompeta, la guitarra y el violín de un mariachi, que pretendía tocar aquellas canción que estremecían hasta el alma, pero aun así me resistí a aceptar una evidente verdad, pues entonces, ¿a quién le ha de gustar saber que debe que penar sin descansar?, muchos dicen que es el cobro de dios por la vida, muchos otros dicen que es para nunca olvidar, pero que va, pero si yo no podía ni recordar.

El mariachi se silenció por completo, para dejar sonar un leve murmullo que a manera de oración invocaba mi nombre, esa voz que tantas veces escuche al amanecer, si esa dulce voz, férvido por el placer y la esperanza que me provoco pensar haber tenido el peor de los sueños, yo solo imagine que al abrir los ojos contemplaría la verdad de avivar una vez más en mi cama y perderme en esos ojos brujos, recibir una sonrisa de complicidad, así que, me deje llevar…

Lo demás es difícil de explicar, pues cuando uno tiene que penar poco a poco se deja de pensar, de sentir, de recordar, ahora espero el día de muertos solo para volverla a mirar.

 

Autor: Said Herrera Ávila

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